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En efecto, “Código Paz” representa, desde nuestro punto de vista, otro paso, pequeño, pero otro paso adelante para nuestra incipiente cinematografía. Eso, porque anda por otros vericuetos argumentales muy diferentes a los trillados: es un “thriller”, pero, sobre todo, es uno que no se limita a las persecuciones, balaceras y muertos, sino que interna en un terreno espinoso y peligroso: es un “thriller” político de arriba abajo.
Porque, aunque a ratos la historia avanza un tanto a trompicones y se torna algo confusa, aunque se le pueda objetar algo de cierta ingenuidad en la creación de los personajes y de algunas situaciones, de todos modos hay algo que sí está muy claro: si se pasa lista a los personajes (desde los humildes “tígueres” de Villa Consuelo hasta las secretarias, desde los “pushers” al detalle hasta los compradores de lo robado, desde los grandes y poderosos empresarios hasta los oficiales de la policía y los senadores) quienes salen un tanto mejor parados, en lo que a responsabilidad social se refiere, son los chiquitos, los infelices porque ellos, al menos, lo único que anhelan es salir de ese agujero de miseria en el que les ha puesto la vida.
Y, mientras usted, como espectador, va haciendo el esfuerzo por entender lo que está sucediendo, la increíble facilidad con que los cómplices roban gracias a su red de corrupción que nadie es capaz de investigar (si usted entra a un lugar sin romper nada, es porque tiene las llaves y las claves de las alarmas, y esoÖ), de todos modos don Pedro Urrutia se las arregla para dejarnos pasmados con una edición tan trepidante que nos hace pensar que mangansonadas como todas las “Expendables” y las “Fast & Fury” sin olvidar a la tristemente famosa “Machete” y diez docenas más de “maravillosos” productos de la “fábrica de sueños” son mamotretos olvidables.
Y, si esa edición es trepidante, si desde la circulación acelerada del tránsito hasta la última bala que se escucha sonar nos llevan a sumirnos en ese mundo de increíble violencia donde esa violencia no se queda en el dinamismo de la acción sino que nos lleva, poco a poco, pero con claridad, a que recordemos que la violencia no es única y exclusivamente el enfrentamiento a tiros, la venta de drogas y todo lo que sucede y conocemos se vive a diario en los barrios periféricos, sino que existe otra violencia soterrada: la del abuso de poder, la del amiguismo, la de la impunidad clara y diaria y que, como bien se presenta al final de esta historia, termina para algunos, para los muertos a tiros, pero subsiste a plena luz del día: “Ortiz Diputado” es la nueva consigna y, cuando vea el film, comprenderán lo que queremos decir.
Pedro Urrutia es nuevo en el asunto. Pero ya quisiéramos que apareciera una media docena de “nuevos” como él. Viene del video-clip, viene de los comerciales para la TV, pero viene con el cerebro desbordante de ideas y con una idea clara de lo que quiere hacer y está haciendo: cine.
Su película, por supuesto, no es una maravilla, pero sí está haciendo eso que pocos han hecho. Repetimos: cine, cine con sus defectos, con sus aciertos, con sus ingenuidades, pero cine.
Y los intérpretes, sin tampoco ser los Brando o los Mastroianni del patio, por lo menos se desempeñan y sacan adelante sus personajes porque, por esta vez, casi todos ellos, los personajes, tienen vida propia, son potables, despiertan interés.

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